Tercer domingo de Adviento

Juan 1, 6-8, 19-28

  • Adviento es el tiempo hermoso en el que cada día celebramos que Jesús vino, viene y seguirá viniendo a encontrarnos e iluminar nuestra vida, a ensanchar nuestra mirada y sanar nuestras conductas malsanas.
  •  Él se comprometió para siempre estar desposado con los hombres y mujeres de todas las razas y de todos los tiempos. El viene a ayudarnos a vivir con humanidad, y dejarse encontrar por lo que lo necesitan.
  • El texto del Evangelio quiere ser una ayuda para que aprendamos a ser cristianos, una tarea que nunca termina. Nos plantea tres desafíos, nos hace tres preguntas que nos cuestionan y tenemos que darnos tiempo para responderlas.

1.- Conocer a Jesús y reconocerlo donde quiera se encuentre.

Juan Bautista nos anuncia que “en medio de Uds. hay uno que no conocen”. Juan se ha encontrado con un hombre distinto, cuya humanidad es atractiva, que contagia vitalidad, comunica algo que lo hace distinto.

Nosotros ¿lo conocemos?, ¿lo hemos dejado entrar en nuestra vida?, ¿lo seguimos?

 La vida cristiana adulta comienza cuando nos encontramos con Jesús, cuando experimentamos su cercanía, cuando nos damos tiempo para estar con Él, para compartimos y dejamos enseñar por El. Necesitamos dejarlo entrar en la trama de nuestra vida. Esto es lo que nos hace cambiar, empezar de nuevo

Cuesta conocer a Jesús, no tiene título religioso alguno, ni su apariencia es distinguida, es solo un artesano.

Por eso muchos tenemos vagas impresiones de El, sabemos que escucha y que sana, conocemos en parte la doctrina, pero no conocemos su ser más profundo, su historia, su Palabra.

No nos han enseñado a reconocerlo en los gozos y generosidades desmedidas, en los dolores y dificultades de los demás. No sabemos discernir su presencia en contextos inimaginables y difíciles de aceptar por nosotros.

2.- Ser hombres y mujeres hombres iluminados por Jesús.

¿Qué experiencia tenemos de ser habitados por una luz fuerte que nos permite ver lo que otros no ven y pasar por todo tipo de oscuridades sin perder el camino?

Es El quien se da conocer, se manifiesta a los más pequeños, a los necesitados que esperan ser visitados.

Su luz nos penetra, nos impregna, nos hace renacer, nos abre al misterio de Dios, nos da una alegría que no conocemos, y hace de nosotros buscadores incansables de su cercanía.

También nos hace descubrir todo lo que está más allá nosotros mismos: el cuidado de la naturaleza, la importancia de la belleza en la vida cotidiana, las injusticias y los maltratos familiares, laborales y sociales, los abusos de todo tipo, no solo los sexuales.

“El Señor hará brotar la justicia y los cantos de alegría en todos los pueblos” nos dice Isaías en la 1ª lectura.

“No podemos encerrar la luz, para cubrirla bajo una vasija de barro sino para ponerla en un candelero e ilumine a todos”

  • Somos testigos de la Luz

“Una voz que grita en el desierto, allanen el camino para que entre el Señor”.

No es fácil ser testigo de la Buena Noticia, de una manera de vivir, de creer, de juzgar y de hacer. Así nos enseña la vida de los santos y de los mártires, nuestros hermanos, que entregaron la vida por ser fieles a la Buena Noticia.

El testimonio es parte importante de nuestra vocación cristiana.

El deseo que otros también lo conozcan, nos hace allanar los caminos y tender puentes y puedan encontrar a Jesús y la Buena Noticia. No podemos mantenerlo retenido, no somos el punto final, sino solo un medio para que otros se inquieten y descubran lo que nosotros hemos entrevisto.

No bastan los diagnósticos que la Iglesia está en crisis, que la pandemia saco a luz los desórdenes de todo tipo que no queríamos conocer. Se requieren hombres y mujeres constructores, sanadores, que sepan escuchar y consolar, que regalen sus vidas para que otros la tengan en abundancia. La vida está llena de pequeños testigos que irradian sabiduría, que son muy buenas, y nos allanan el camino hacia Dios.

Ser cristiano no es cómodo, pero sí que es apasionante.

Amen

Josefina Gil Huidobro, odn.

Viña del Mar, diciembre 2020.e